UNIVERSIDAD
Y AUTONOMÍA
SIGLO
XXI
2012
Son cosas
chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no
socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí
Babá. Pero quizás desencadenen la
alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al final y al cabo, actuar sobre
la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar
que la realidad es transformable.
EDUARDO GALEANO
“Ser como ellos.”
PRESENTACIÓN
Este trabajo está centrado en el
análisis del futuro de las universidades públicas en un medio concreto que es
nuestro país. El sentido de este análisis, es plantear, sin ambages, que las
universidades públicas, en países como el nuestro, desprovistas de la fuerza
que les garantiza su autonomía son organismos frágiles, en tránsito de
descomposición y aniquilamiento y que en estos momentos, está en marcha un
proyecto que apunta directamente a la descalificación de la más importante
institución de la vida nacional, en situación que la sociedad mira indiferente
los hechos, desconociendo las graves consecuencias que esto implica para el
perfeccionamiento del Estado Nacional.
EL PASADO
Las Escuelas Brahamánicas asiáticas, son
consideradas como las primeras y más antiguas universidades del mundo. Sus
estudiantes se formaban en filosofía,
religión, matemáticas, astronomía e historia. Sesgados por nuestra
visión parcial del universo no solemos dar la merecida relevancia a los aportes
de la India y China, aún cuando estas culturas brindaron notables
contribuciones al desarrollo del pensamiento científico. Los chinos en
particular tuvieron carreras académicas formales y largos procesos educativos para la formación del aparato
administrativo del Imperio. Tal como
cita Tünnermann Berheim, entregaron doctorados – kiu – en letras clásicas,
derecho, caligrafía, matemática y medicina.[1]
Los antecedentes que sirvieron de
sustento al desarrollo de las universidades – en forma cercana al concepto tal
cual hoy lo apreciamos - encuentran en el mundo greco romano las
raíces primarias y el principio motor que con el tiempo sustentará su
existencia, esto es, el espíritu de búsqueda de la verdad y el ansía de
conocimiento, que al menos en la visión de la educación superior siguen siendo
los fundamentos y razón de ser de las mismas.
En España la presencia de la cultura
árabe, contribuyó con bibliotecas,
observatorios y vastos conocimientos en matemática, medicina, farmacia y
literatura, entre otros extensos territorios del conocimiento, a forjar y
decantar el florecimiento de nuevos territorios de la ciencia y el saber.
En el Cairo, Egipto, la mezquita de El – Azhar, fundada en el año de 988, es
la más antigua institución de educación superior islámica que continúa
funcionando, especializada en teología, gramática, retórica, lógica, derecho y
letras.
En Europa, las universidades florecen a
partir y después del siglo XI, las
fechas reconocidas son: Bologna en el
siglo XI, la Sorbonne de París, en el siglo XII, Oxford, en el siglo XII,
Salamanca y Cambrigde en el Siglo XIII.
Casi simultáneamente con el nacimiento de las universidades se adscribe
al ser esencial de las mismas la autonomía universitaria, su origen se remonta,
en circunstancias muy diversas a un sentido de protección hacia los
estudiantes.
Dos historias, casi leyendas, ubican el
escenario, la forma y el contenido del nacimiento de las universidades a
intereses diversos, factores éstos que condicionaron la organización y
estructura primaria de las mismas. La universidad italiana surge como producto
del interés de jóvenes estudiosos cuyos anhelos superaban el límite de los
conocimientos propios de la época. En el
caso de la universidad francesa, ésta surge del poder eclesiástico, como
proyecto de ilustración para la elite eclesiástica consciente de la importancia
que en el futuro próximo desempeñaría la educación en la perdurabilidad del
poder.
Bologna nace como consecuencia del
apetito de conocimiento de la juventud europea, por adentrarse en los conceptos
que se esparcían en un mundo con creciente interacción. Fue particularmente el
interés en el campo del Derecho, más allá del canónico, lo que movilizó estos
contingentes, en momentos en que se cimbraban las rígidas estructuras feudales
y se avizoraba el advenimiento de nuevas eras, basadas en proposiciones nuevas,
que planteaban hipótesis nuevas sobre las relaciones entre los seres humanos y
menor concentración en el conocimiento del derecho divino.
La Universidad de París, nacida en el
seno de las congregaciones monásticas, surge al amparo de la inteligencia de la
Iglesia, que con extraordinaria visión prospectiva prevé la necesidad de educar
a sus cuadros superiores. Tuvieron como nicho los conventos y las catedrales,
sin lugar a dudas, parajes propicios a la meditación y el estudio.
No obstante sus diferentes raíces, el
fortalecimiento de las universidades tuvo como sedimento de su desarrollo a la
autonomía universitaria. En estos dos
sistemas, casi antitéticos, la concepción autonómica fue vital para que pudiera
germinar y evolucionar el sentido del ser universitario.
En Bologna, nace la primera institución
de educación superior como producto de la preocupación de la juventud estudiosa
europea, que en aras de profundizar el conocimiento del Derecho Romano,
auspiciaron y patrocinaron este nuevo
nivel de la enseñanza y del conocimiento, producto de la vocación de
estudiantes provenientes del corazón de la Europa medieval. Sometidos a la presión y abusos de
hospederos, sentaron, no sin luchar, las
bases para que mientras detentaran el rango de estudiantes, gozasen del fuero
autonómico que les permitía vivir al amparo de las leyes propias del lugar de
origen.
En otro orden, el primer antecedente
histórico de defensa de la autonomía, como expresión de lucha por un
derecho, tuvo lugar en París en el año
de 1229. El hecho es que debido a un incidente protagonizado por estudiantes de
la Universidad de París, en una taberna del boulevard Saint Marcel, los jóvenes
por razones de ebriedad y escándalo fueron expulsados del local por otros
parroquianos. Los estudiantes
indignados, retornaron al día siguiente, saqueando y destruyendo la cantina de
la discordia. El final de la refriega
concluyó, con la intervención de las autoridades, hubo muertos y heridos y el
final se concluyó con una declaración de huelga, - situación prohibida
- si recordamos el origen de las
denominadas universidades catedralicias francesas, que además se desempeñaban
dentro de un escenario monárquico.
La huelga se extendió por dos años, lo
que significó la migración de estudiantes y profesores hacia otras regiones de
Francia e Inglaterra. El conflicto cesó cuando el Papa Gregorio IX, acordó el
derecho de los universitarios a declararse en huelga en caso de conflicto con
la autoridad civil.
La larga duración del conflicto radicaba
en que el fondo del problema, estaba planteado por el enfrentamiento, entre la
autoridad eclesiástica y el poder real.
Y tal como señala Gustavo Fernández Colón: “... la autonomía de la Universitas
medieval era básicamente un fuero defendido por la intelligentsia clerical,
para garantizar su supervivencia en medio de la cruenta batalla entre el poder
divino de los papas y el poder mundano
de los reyes.” Este enfoque, aclaramos nosotros, se aplicaba al caso
específico de la situación que vivían las universidades clericales, divergente
por el contrario de las universidades surgidas por motivaciones estudiantiles,
donde el cuerpo docente y las autoridades dimanaban de la potestad que le
confería a los alummni su fuerza organizadora.
Al amparo de los intereses de la iglesia
y del poder económico de las emergentes clases burguesas, el contenido del
sentido del ser de la autonomía progresivamente se iría adocenando, hasta que con
el advenimiento del renacimiento y el pensamiento de la ilustración se crearían
las nuevas vetas que alimentarán hasta el presente la riqueza del concepto.
En sus orígenes, la autonomía fue un
fuero, concebido y desarrollado para preservar y velar por derechos sustantivos
de clases y grupos específicos. Con el devenir de los tiempos se
constituiría en el aspecto esencial del
ser de las universidades, al acumular el desarrollo evolutivo que hizo
consustancial la libertad de pensamiento, la búsqueda de la verdad y la
confrontación como métodos fundamentales para avanzar por las avenidas que la
ciencia y la investigación han señalado como ineludibles. Los antecedentes son
tan extensos, como intensos, baste citar que ya en 1277, le mereció fuerte
repulsa monástica a un profesor de Artes sustentar que: “La autoridad no
es suficiente para afirmar la verdad.”
En los anales se recoge que la
organización de las universidades españolas consagraba el principio autonómico,
expresamente reconocido por Alfonso El Sabio, en las Siete Partidas, que consagró las autonomías de las
universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Cuando se crearon las primeras universidades en el período colonial
en América, estas recibieron los beneficios consagrados en las Siete Partidas.
HISTORIA
DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR EN AMERICA LATINA
La educación superior en América Latina
es consecuencia del proceso de colonización que se vivió con la presencia
española, años después del encuentro de culturas, los conquistadores y la
iglesia, hacen evidente su interés por homogeneizar la cultura de la región, al
mismo tiempo que creaban centros de formación que garantizaran a los hijos de
los originales españoles el conocimiento requerido para institucionalizar y
legitimar la presencia del reino de España. La educación superior viene de la
mano de órdenes religiosas. Los dominicos, agustinos y los jesuitas. [1] Son los dominicos quienes en 1538, fundaran
en La Española, hoy República Dominicana, la primera universidad en nuestro
continente, ésta surge avalada por el Papa Paulo II, reproducía la ya
prestigiosa Universidad de Alcalá de Henares, crean también la Universidad de
San Marcos de Lima en 1551 y la de Charcas en 1552.
La Compañía de Jesús, en el siglo
XVII, contribuyó con la fundación de las
universidades de La Plata, Santa Fe, Guatemala, Santiago de Chile, Córdoba,
Quito y la Universidad del Cuzco, Por su parte, los Agustinos, fundan la
Universidad de San Fulgencio de Quito y la de San Nicolás de Santa Fe, en 1586
y 1694, respectivamente. Existía jurídicamente la posibilidad de disponer de
autorización regia, esto es de los reyes o Pontificia, del Papa. Solía ser
frecuente que las instituciones contaran con el doble beneplácito.
Las Universidades se extendieron por el
continente americano, con una marcada tendencia en sus inicios a reproducir el
modelo de las universidades españolas, se preocuparon de la enseñanza de la
Teología, el Derecho, la Filosofía fundamentalmente.
En el caso de Panamá, también la
educación estuvo firmemente orientada por la Iglesia, alimentada por su
voluntad de catequizar y divulgar la doctrina cristiana. Los jesuitas fundaron
en 1575, una escuela de enseñanzas fundamentales, igualmente fueron los
jesuitas quienes plantearon por vez
primera en el Istmo una institución de nivel superior. La cristaliza en la
primera década del siglo diecisiete, cuando bajo la
La historia de la humanidad ha sido y es
un tránsito permanente hacia el perfeccionamiento de sus instituciones. En el caso específico de las universidades,
ellas han sido refugio, asilo y en muchos el exilio para intelectuales y
políticos perseguidos.
Con los rápidos cambios en todos los
ámbitos de la vida económica, política y social la transformación de la
autonomía, ha sido un imperativo categórico, que además de exigir su adecuación
a las circunstancias históricas propias de cada momento y coyuntura, ha
obligado a través de los tiempos a una redefinición, que en la mayoría de los
casos y en sentido estricto ha consistido en la tarea de elaborar una nueva
visión de la relación Universidad – Estado.
En los casos contrarios, cuando la
Universidad se ha encerrado en si misma y no ha sido capaz de entender sus
circunstancias, germinando sus necesarias transformaciones, se yergue como un
anatema el Manifiesto de Córdoba: “Los
cuerpos universitarios celosos guardianes de los dogmas, trataban de mantener
en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración del silencio puede ser
ejercida en contra de la ciencia.” Cuando la Universidad no es coherente con los objetivos más depurados
de su entorno social, entrará en
estertores y salvo una profunda reingeniería,
agonizará y sucumbirá de espaldas a su responsabilidad.
En
otros casos son las sociedades, más bien sus gobiernos, los que consideran a las universidades entes
perturbadores, ya que la capacidad crítica y contestataria de estos centros se
yergue como un ente molesto cuya voz debe ser aplacada.
En la
medida que el compromiso pulse y capte las necesidades sociales, las
universidades además de cumplir, con la ciencia, la investigación y la docencia
serán agentes de cambio y avanzada del desarrollo. Cuando los universitarios por el contrario
se desmarquen de los auténticos intereses de la sociedad, su presencia o
ausencia será irrelevante para el proyecto nacional.
En
nuestro país la mano intervensionista se cierne nuevamente sobre el futuro de las universidades, el
Gobierno con el dogal presupuestario apremia el grado de sus libertades y
sectores empresariales abogan por aumentar la matrícula, mientras otros voceros
del sector privado con menos recato prácticamente conminan a una directa
intervención.
La
escalada contra las universidades públicas, ha sido recogida por rectores de
las universidades latinoamericanas.
Documentos varios como la Carta de Porto Allegre y el que suscribieron
contra el neoliberalismo reconocidas autoridades académicas, advierten de los
riesgos que enfrentan las universidades públicas.
Con
el apoyo directo o el silencio cómplice de muchos gobiernos el futuro de las
universidades públicas es incierto. El problema se agrava ante la presencia de
un cuerpo docente prisionero de los propios esquemas de permanencia e
inamovilidad, cauteloso frente a otras luchas que no sean las reivindicativas,
que además es constantemente intimidado por la posibilidad real del cierre de
las universidades y la clara conciencia de hacer frente a un desempleo
creciente. En muchos de nuestros países la realidad económica de los docentes
universitarios ha ido progresivamente depauperando sus condiciones de vida, con
limitaciones tales que el estudio y la formación permanente, se constituyen en
ideales inaccesibles
El
estudiantado, por otra parte, vive circunstancias particulares. Sumidos en un medio donde está ausente el
debate ideológico, y la corrupción y el oportunismo no superan algunos
titulares, viven y vivimos rodeados de
partidos políticos orientados hacia el poder por sus beneficios inmediatos. La
oferta de está juventud está saturada de
hedonismo. El consumismo y la
ostentación se asocian a logros personales. En el intramuros universitario, la
carencia de auténticos maestros, suplidos
por docentes que repiten sin convicción programas añejos, cuyo respaldo
son fotocopias de textos empobrecidos por el rigor del tiempo, burocratizan el
aprendizaje, con folletos programados y exámenes que simplifican la evaluación,
docentes formados al apuro de las demandas masificadas.
Existen
fuerzas emergentes, las universidades buscan y aprecian con orgullo las voces
de maestros, muchos de ellos muy jóvenes, dispuestos a luchar por enseñar a
pensar, tratando de crear mentes críticas, innovadoras y creativas, que
alientan el cambio como forma de vida.
El
momento es crítico y como en toda crisis, las opciones están reconocidas, o
bien negamos su existencia, actuando como si nada pasara, hasta que los hechos
nos arrojen sus devastadoras consecuencias.
Podemos como segunda alternativa, paliar y maquillar la realidad para
que esta pase inadvertida, como el personaje del Gatopardo, que cambiaba con el
cambio para que nada cambiara o por el contrario, asumimos la intensidad de la
crisis, la enfrentamos, construimos las nuevas alternativas, asumimos las
consecuencias de optar por ellas, aprendemos de los errores del pasado y nos
dedicamos a forjar las estrategias que el mañana requiere.
Estamos
en un momento crucial, es el momento en que la Universidad debe hacer suya la
voz de la juventud cordobesa para repetirse a sí misma, “Si
ha sido capaz (la
Universidad) de realizar una
revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de
intervenir en el gobierno de su propia casa.”
Desde
hace muchos años, por razones diversas, algunas de origen interno, otras
consecuencias de cosmovisiones, nacidas
en el seno de las corporaciones mundiales de financiamiento, las universidades
públicas están siendo sofocadas. El método es universal, estrangulamiento
económico y un agresivo y despiadado ataque a la imagen social, en especial al
carácter popular, abierto y masivo, que es el real fundamento de las
universidades estatales.
Debemos
entender que no estamos frente a un combate tardío con la sociedad y menos aun
con la universidad, muy por el contrario, estamos abandonando la retaguardia,
consciente que esa posición languidece nuestra condición didáctica y nos aleja
de la agenda protagónica que nos fue entregada para atender las necesidades de
quienes padecen las incurias de la pobreza, el hambre, el analfabetismo, las
enfermedades, la falta de techo y sobre
del derecho a educarse para ser realmente arquitectos de sus propios destinos.
Estamos
viviendo el momento de crecientes privatizaciones, para que ello continúe es
necesario que florezca el desencanto del sector público, para seguir
fortaleciendo este proyecto, la
Universidad pública debe ser satanizada, la seguridad social vilipendiada, es
necesario que se estigmaticen instituciones que históricamente han sido parte
de la confianza y fe en el incierto futuro de los sectores más
desprotegidos. Se repite la estrategia,
exitosa en otros medios, de convencer que la salud del Estado, puede depender
en gran parte del traspaso de los bienes y servicios del Estado hacia sectores
privados, no importa si son trasnacionales o capitales criollos.
El
embate contra las universidades públicas, tiene ángulos diversos, por una parte
los gobiernos entienden que la capacidad de financiar las mismas ha tocado el
techo de su capacidad y que debe ser responsabilidad de cada una de estas
instituciones, sino cubrir la totalidad de su gestión, absorber al menos parte
significativa de sus costos. Por otra parte, la descalificación de las
universidades públicas desalentará su convocatoria, al mismo tiempo que
alimentará las aulas que las universidades privadas, absorberán con vocación
fenicia, sobre el sentimiento honesto y sincero de quienes entienden que el
conocimiento es la única y real herramienta del futuro.
En
este estado de cosas, la autonomía sigue siendo parte de la esperanza que
tienen las universidades públicas de pervivir en un Estado que se desentiende
de sus responsabilidades para y con la educación superior. El asalto que se ha
emprendido contra esta institución fundamental de la Universidad, se constituye
en un golpe demoledor que con toda intención apunta a hacer más frágil y
vulnerable su misión. Por ello, bien vale que en el presente recordemos lo que
el pasado nos legó, impidiendo en algo que la amnesia nos sirva de pretexto
para no defender lo que merece ser defendido y honrado.
AMÉRICA LATINA
Por su impacto reciente la Reforma
Universitaria, que tuvo como epicentro la ciudad de Córdoba en Argentina, el
año de 1918 es considerado como el hito de la transformación profunda de la
universidad latinoamericana.
El Manifiesto de Córdoba dicen en uno de
sus párrafos iniciales que las “Las
Universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta
de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y – lo que es
peor aún – el lugar en donde todas las formas de tiranizar y insensibilizar
hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así
fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste
espectáculo de una inmovilidad senil.”
El radical cuestionamiento no hace
concesión alguna a la universidad y a la sociedad de la cual era parte. Por ello, el grito de la juventud cordobesa
se asumía a sí misma. La Universidad,
transformándose quiere transformar, Córdoba significó la oportunidad
extraordinaria de que su toma de conciencia, conllevaba una praxis social
activa que derivó en un diálogo con sus propios colectivos, al mismo tiempo que
por razones políticas significó una dura confrontación con la mayoría de los
gobiernos latinoamericanos.
Los ideales de Córdoba alimentaron la
ideología de la juventud universitaria inyectada por una proclama que bebía del
pensamiento, ente otros, de Alfredo Palacios, Gabriel del Mazo, Germán
Arciniegas, Luis Alberto Sánchez, cuyos discursos alentaban el compromiso de
cambiar un estado de situación cuya raíz nacía contaminada por la carencia de valores, el anacronismo, la
extemporaneidad, el oportunismo y la ausencia de compromisos para con su
realidad.
Córdoba fue la matriz del Primer
Congreso Nacional de Estudiantes, padre a su vez de la Federación Universitaria
Argentina, fundada el 11 de abril de 1918. Los estudiantes del Primer Congreso,
inspirados en el Movimiento Reformista se dieron cita en Córdoba, con la
participación de tres universidades nacionales; Córdoba, La Plata y Buenos
Aires y dos provinciales; Santa Fe y Tucumán.
Este Congreso sancionó las Bases de la
organización de las universidades, estableció además, las bases de la Reforma
de la Nueva Universidad cuyos puntales eran: la coparticipación estudiantil y
la vinculación de los graduados al sistema del gobierno universitario. El
gobierno de las universidades, exclusivo hasta ese momento, de los profesores,
reconoció el cogobierno como el nuevo modelo de conducción.
Los puntos fundamentales que
complementaron el ideario reformista aprobados en el Congreso fueron:
q Asistencia Libre
q Docencia Libre
q Periodicidad de las cátedras
q Publicidad de los actos universitarios
q Extensión universitaria,
q Ayuda social a los estudiantes
q Sistema diferencial para la organización de las universidades
q Orientación social de la Universidad
Quedó establecido en el Congreso que en
virtud de la orientación social que propiciaba la Nueva Universidad, ésta
tendría entre sus obligaciones la de afrontar por medio de sus Facultades el
examen de los grandes problemas nacionales.
Las bases como se
conocieron los objetivos acordados en el Primer Congreso de la F. U. A.
(Federación Universitaria Argentina),
triunfaron y con el apoyo del Presidente Irigoyen se dictaron los nuevos
estatutos reformistas para las universidades que participaron en la reunión
estudiantil.
Gabriel del Mazo, en conferencia dictada
en 1956, bajo los auspicios del Centro de Estudiantes de Derecho en Buenos
Aires, integraba el problema de la Reforma con la Autonomía, cuando precisaba: “La
Autonomía: Desde el Congreso de Estudiantes de Córdoba en 1918, vióse con
claridad, hasta que punto el problema de la autonomía universitaria está
relacionado por una parte, con la índole política del Estado; por otra parte,
con la integración de la Universidad por todos sus miembros.”
Después del Manifiesto, las
Universidades en América Latina contagiadas por el proceso cordobés gestaron
sus propios movimientos. La Universidad de San Marcos de Lima al igual que la
de Montevideo iniciaron sus gestas en 1919, la Universidad de Chile en 1920,
Medellín en 1922, Bogotá en 1924, La Habana en 1924, Paraguay en 1928, México
en 1929, Puerto Rico en 1933, Costa Rica en 1932, Ecuador en 1937, Venezuela en
1939, Brasil en 1946, Guatemala en 1945 conjuga sus aspiraciones con la
revolución popular de 1945. En Panamá el movimiento reformista retardará su
presencia hasta la década de los sesenta.
Una a una las universidades
latinoamericanas se sumaron al llamado reformista y en algunos casos, como lo
fue en Perú, el movimiento reformista creó las bases de un liderazgo nacional
en la persona de Víctor Raúl Haya de la Torre y su Alianza Popular
Revolucionaria Americana (APRA.)El fenómeno de los líderes estudiantiles
universitarios proyectados al escenario nacional repetirá a lo largo de la historia, tanto criolla, como internacional, en muchos casos sin ningún crédito para la historiografía universitaria.
Las luchas reformistas no se dieron, en
la mayoría de nuestros países, en los claustros, por el contrario tomaron las
calles y significaron fuerte confrontación con gobiernos de turno, este hecho
fue mayormente significativo, debido al creciente auge de las dictaduras que
caracterizaron la vida de los estados latinoamericanos en las décadas
posteriores a los años cincuenta. La represión obligó a una reevaluación de la
concepción que el movimiento estudiantil tenía al respecto, sobre todo en el
caso donde los regímenes autoritarios eran militares, ajenos por entero a la
valoración respetuosa de los centros universitarios, al reconocimiento del
cuerpo docente, al derecho a la vida de los dirigentes estudiantiles, junto a
un profundo y radical menosprecio a la intelectualidad como método
de vida.
Las décadas de los sesenta y setenta,
fue trágica para la vida universitaria, las universidades argentinas,
brasileñas, uruguayas, chilenas, fueron intervenidas, muchos de sus dirigentes
fueron diezmados y una importante
pléyade de investigadores, científicos y docentes, migraron para salvar sus
vidas. La diáspora que aún no culmina,
cuya secuela de crueldad, tortura, exterminio y destrucción de familias
están demasiado frescas para cicatrizar. Vale también decir que también fue un
momento de esperanza, fue el tiempo de Prohibido Prohibir y de Soñar el sueño
imposible. Fue un tiempo de juventud.
“Se trata – dirían Patricio Dooner con Iván Lavados – de una historia que
se inicia en las postrimerías de la década del 60, en los momentos en que un
estallido de juventud desencadenaba un clamor que recorrió el mundo. Era un
clamor de protesta que surgía de un movimiento estudiantil con miles de voces
que se expresaba en todas las latitudes y cuestionaba todo lo vigente.
Era la época del auge de la “nueva
izquierda” en las universidades de Europa Occidental y Estados Unidos. En las
aulas y los pasillos se leía a Sartre, a Marcuse y a Wright Mills; se seguía
con atención a Cohn - Bendit. América Latina vibraba con el sismo de Medellín.
Recobraba actualidad y se volvía a estudiar el manifiesto liminar de Córdoba...
Era un movimiento de negación
buscando una afirmación. Era un no a la guerra de Vietnam, un no a la sociedad
de consumo, un no a la discriminación racial pero, muy fundamentalmente un
rechazo a los más inmediato, al propio hábitat, a la institución universitaria
que se consideraba gastada. Era una búsqueda de algo nuevo pero de un algo
nuevo que para muchos era relativamente difuso y sobre el cual no existía un
consenso claro. Era un momento en que el idealismo y la generosidad de los más
se confundía con el oportunismo de los audaces de turno. Trigo y cizaña crecían
juntos y la polémica entre los reformistas y los sostenedores del status quo
era ponzoñosa y apasionada.”
Nada recoge mejor el momento que la
frase de Methol Ferré; “Ahora se dice que hay un cierto cansancio, pues
hubo muchos años de vértigo. Quizás sea cierto para los apresurados y para los
lerdos que, por lo común, son gente de poca fe. Quizás sea el fin de
expectativas desmesuradas, ingenuas, mágicas, ahistóricas, tanto de los falsos
profetas como de falsos custodios, pues las dos cosas hemos tenido.”
Los años cincuenta y sesenta estuvieron
teñidos del beligerante enfrentamiento entre el socialismo y el
capitalismo. Las juventudes, con sus
particulares caracterizaciones reprodujeron a lo interno de las casas
universitarias, el espectro ideológico de la época, se hizo de uso común las adjetivaciones de bolcheviques,
mencheviques, trotskistas, maoístas y la
izquierda, conoció nuevas fronteras de división y en algunos casos se coronó
este hecho vinculándose a los proyectos nacionales, como ejemplo notorio, están
las fracciones de las juventudes
peronistas, en cuyo seno se dio cabida todas las formas del pensar político.
En la década de los sesenta y
posteriores se consolidaron o emergieron nuevas dictaduras en América
Latina. Bendecidas por el Departamento
de Estado de los Estados Unidos, la mayoría de éstas se ampararon en el
discurso anticomunista, la seguridad continental, la seguridad nacional y la
defensa de los derechos occidentales.
Fueron fuertemente apoyadas para impulsar el poderío militar y el
desarrollo castrense.
La Escuela de las Américas, el
Departamento de Estado y la Agencia Central de Inteligencia, se apersonaron
para vigilar de cerca el creciente auge de las autocracias. La dureza de la represión militar dio auge a
los movimientos que emergieron en busca de libertad y las universidades, como
otras veces, fueron terreno fértil para abonar la semilla contestaria.
Surgen en América Latina, en el seno de
las instituciones universitarias públicas, movimientos vinculados con los
proyectos de fuerzas revolucionarias, de carácter nacional, organizaciones como
Sendero Luminoso en Perú, Los Montoneros y el Frente Revolucionario del Pueblo
en Argentina, Los Tupamaros en Uruguay,
El Frente Farabundo Martí en el Salvador, Los Sandinistas en Nicaragua,
MIR en Chile, la guerrilla en Colombia,
Hugo Blanco en Venezuela, entre otros, conmocionaron la estructura de la
militancia política en las universidades alejando a la juventud de los
proyectos meramente universitarios, comprometiéndolos por el contrario con
estrategias que apuntaban hacia la confrontación con los gobiernos
dictatoriales y la búsqueda de un modelo de Estado de mayor equidad y
solidaridad con los desposeídos. En
esto, indudablemente, la revolución cubana y el carisma de Fidel Castro y el
Ché, irradiaron una aureola que marcó una fuerte impronta en las décadas
La autonomía universitaria fue
constantemente enarbolada por estudiantes y profesores, sin embargo, los
militares hicieron caso omiso y era escena frecuente, ver irrumpir en los
claustros con desparpajo a estas fuerzas, que en nombre de la Ley, la
Autoridad, la Moral y el Orden Social, aprisionaron, hirieron y mataron miles
de jóvenes.
Luego comenzaron a caer una por una
estas dictaduras, algunas como la del General Augusto Pinochet, significaron un
largo letargo de la democracia y junto a las dictaduras de Argentina, Uruguay y
Paraguay, significaron episodios cuya crueldad aun conmueve.
El mundo siguió su curso, a la guerra
fría sobrevino la unípolaridad, el discurso dialéctico abrió paso a los nuevos
conceptos de la globalización, tan determinista, según sus epígonos, como
ineluctable. Un nuevo fantasma empezó a recorrer el universo y junto a la caída
del muro de Berlín muchos enterraron ideales y arriaron las banderas de cambio.
Este nuevo giro ideológico trasvasó el
cuerpo de la juventud universitaria, en algunos casos, al diluirse la
confrontación entre las categorías de uso comprendidas entre el tradicionalismo
bolchevique y el antiimperialismo colonialista, no se abrieron nuevas opciones
y un letargo insumió el activismo estudiantil.
La bipolaridad encarnizada en las universidades y sus estudiantes, cedió
paso a formas amorfas de anarquismo ideológico o a extremismos
fundamentalistas, la mayoría de ellos asentados en interpretaciones muy
peculiares del legado de Ernesto Guevara de la Serna y de los procesos
revolucionarios, sobre todo de grupos que agitaron la confrontación contra
regímenes totalitarios en América Latina.
[1] Tünnermann
Bernheim, Carlos: LA UNIVERSIDAD LATINOAMERICANA ANTE LOS RETOS DEL SIGLO XXI.
Colección UDUAL. Primera Edición. México, 2003.
[1] AVILA, VICTOR: La Universidad Latinoamericana:
Orígenes y Antecedentes. Ediciones Formato 16. Panamá 1985.
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